OUR LORD OF ESQUIPULAS CHAPEL

CAPILLA DEL CRISTO DE ESQUIPULAS

Hay dos tradiciones orales transmitidas por los vecinos del Potrero sobre la aparición del crucifijo del Cristo de Esquipulas.

Una tradición recuerda que durante el Vier- nes Santo de 1810, Bernardo Abeyta hacía penitencia en una de las colinas del Potrero cuando vio una luz junto al río Santa Cruz. Atraído por el resplandor encontró el crucifi-jo y llamó a los vecinos para mostrarles el hallazgo. Poco después llevaron el crucifijo al sacerdote Sebastián Álvarez, párroco de la Iglesia de Santa Cruz de la Cañada, quien lo colocó en un nicho del altar mayor. A la mañana siguiente, el Crucifijo volvió a ser encontrado en el mismo lugar donde don Bernardo lo había hallado. Todos entendie-ron que el Cristo de Esquipulas quería que-darse en Chimayo, por lo que construyeron una pequeña capilla.

Una segunda tradición, que complementa a la primera, explica cómo el crucifijo pudo aparecer donde fue encontrada por Bernardo Abeyta: un sacerdote acompañaba a los expedicionarios y primeros pobladores a Chimayo. Con el gran crucifijo que traía predicaba a los indios que encontraba. Finalmente el sacerdote murió y los colonos lo enterraron junto a su cruz en El Potrero. En 1810, el río Santa Cruz se desbordó varias veces y el crucifijo junto al cuerpo del sacerdote quedaron al descubierto por la erosión del agua. Algunos ancianos que habían conocido al sacerdote gritaron: "Miren, el Padre Esquipulas".

Bernardo Abeyta escribió una carta al obispo de Durango, México, pidiendo permiso para construir una capilla que albergase el crucifijo y donde pudiera celebrarse misa. El 8 de febrero de 1814, Francisco Fernández Valentino, Vicario General de la Diócesis de Durango (México), dio permiso para la cons-trucción de la Iglesia. La iglesia perteneció a la familia Abeyta hasta 1929, cuando los descendientes de Bernardo la vendieron a una sociedad preservacionista de iglesias y misiones de adobe. El arquitecto John Gaw Meem restauró la capilla y, poco después, fue donada a la Arquidiócesis de Santa Fe.

La capilla fue asignada como misión a la Parroquia de Santa Cruz de la Cañada, donde hoy siguen prestando servicio los Hijos de la Sagrada Familia.

We have two accounts passed by the people of El Potrero concerning the apparition of Our Lord of Esquipulas in Chimayo.

 

One tradition recalls that on the night of Good Friday 1810, Bernardo Abeyta, while doing penance on a hill of El Potrero, he saw a light springing from a spot near to the Santa Cruz river. Coming to the light, Bernar-do found a crucifix. He left it there and called his neighbors venerate the finding. Later they brought the crucifix to Fr. Sebastian Alvarez, pastor at Holy Cross Parish in Santa Cruz de la Cañada. The Crucifix was placed in the niche of the main altar of the church. The next morning, the Crucifix was gone, only to be found in its original location. They 

understood that El Señor de Esquipulas wanted to remain in Chimayo, and so, a small chapel was built.

 

There is another tradition concerning the origin of the crucifix that explains how could have come to Chimayo. A priest came with the first settlers to Chimayo. He preach-ed to the Indians in surrounding pueblos and carried with him a large crucifix. When the priest died the settlers buried him at El Potrero. In 1810 the Santa Cruz river flooded and both the crucifix and the body of the priest were uncovered by the water. Some elders who had known the priest while alive shouted; "Look, the Father from Esquipu-las", and so the crucifix came to be called Our Lord of Esquipulas, named after the village where the priest came from.

 

Bernardo Abeyta wrote a letter to the Bishop of Durango, Mexico, dated November 15, 1813, requesting permission to built a church to host the crucifix and where they could celebrate Mass. On February 8, 1814, Francisco Fernandez Valentino, Vicar General of the Diocese of Durango, Mexico, granted the necessary faculties for the construction of the Church. The Chuch was a privately owned chapel until 1929. At that time, several people from Santa Fe bought it from the Chavez family. Architect John Gaw Meem restored it, and then, turned it over to the Archdiocese of Santa Fe.

El Santuario was then assigned to Santa Cruz as one of its missions, under the care of the priests of the Congregation of Sons of the Holy Family.