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Tierra sagrada

Escondido en el Santuario se encuentra un pequeño cuarto que alberga el pocito, el pozo de tierra sagrada. Para acceder a él, el visitante debe arrodillarse, tal como lo hizo Bernardo Abeyta cuando descubrió el crucifijo de la Capilla de Nuestro Señor de Espuípulas en este mismo lugar el Viernes Santo de 1810. Desde entonces, peregrinos han venido en busca de sanación espiritual, emocional y física. Muchos se aplican la tierra en las zonas del cuerpo que necesitan sanación; otros la llevan a casa para sus seres queridos enfermos que no pudieron realizar el viaje. Testimonios y fotografías dejados por los peregrinos a lo largo de los años adornan las paredes de la habitación contigua, un silencioso testimonio de la fe que ha atraído a la gente a este lugar durante más de dos siglos.

Debido a que muchos peregrinos se llevaban la tierra consigo, el suelo de la habitación comenzó a hundirse en la década de 1960, por lo que se colocaron losas para estabilizarlo. Desde entonces, el pocito se ha rellenado con tierra de las colinas que rodean la capilla.

El Santuario de Chimayó perdura gracias a la generosidad de los habitantes de Chimayó y de los numerosos visitantes que encuentran en este humilde y antiguo lugar algo digno de honrar y preservar. Las donaciones contribuyen al mantenimiento del edificio, sus obras de arte y los terrenos circundantes.

Se agradecen enormemente las donaciones. Las contribuciones ayudan a financiar el mantenimiento, la conservación y la preservación de la histórica Misión, para que sus terrenos sigan siendo lugares de fe, historia y comunidad para las generaciones venideras.

Haz una donación para Holy Dirt.
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